Ayer acompañé a Gra a comprarse ropa.
Digo “acompañé” porque es la palabra que usamos los hombres cuando todavía no sabemos en qué nos estamos metiendo.
Yo tenía una idea bastante sencilla del asunto: ella necesitaba ropa, íbamos a un negocio, elegía algo, se lo probaba, pagábamos y volvíamos a casa. Un trámite.
Mi relación con la compra de ropa siempre fue así. Necesito un pantalón, voy a un negocio, pregunto por los pantalones, me dicen que allá al fondo, voy al fondo, me preguntan el talle, lo digo, me dan uno, me lo pruebo y, si entra, me lo llevo. A veces hasta compro dos iguales para no tener que volver durante un tiempo razonable.
Con Gra descubrí que la compra de ropa pertenece a otra rama del conocimiento humano.
Entramos al primer negocio y a los pocos minutos ya tenía tres prendas sobre el brazo.
—¿Te gustan?
Cometí el primer error.
—Sí.
—¿Cuál?
Yo no sabía que había examen. Miré las tres nuevamente.
—La verde.
Gra miró las prendas.
—¿Cuál verde?
Señalé.
—Esa.
—Es salvia.
La palabra salvia me anunció que la tarde iba a ser larga. Para mí era verde, un verde clarito si hacía falta ampliar información, pero verde. No quise discutir, porque uno lleva muchos años de matrimonio justamente por aprender cuáles son las batallas que no vale la pena dar.
Gra siguió mirando y yo también, aunque mirar ropa cuando uno no va a comprar ropa es una actividad extraña. Al principio uno participa, toca una tela, mira un precio, arriesga alguna opinión. A los quince minutos empieza a observar el local, después a la gente, después cualquier cosa, y llega un momento en que termina leyendo completo el cartel de cambios y devoluciones.
Gra apareció con otra prenda.
—Mirá esta.
—Linda.
—¿Qué color dirías que es?
Ya había aprendido, así que no contesté enseguida. La estudié. Podía ser marrón, pero decir marrón, a esa altura, era suicida.
—¿Camel?
Gra sonrió, divertida de verme intentarlo.
—Visón.
Visón.
Hasta ayer, para mí, el visón era un animal. No sé en qué momento pasó a formar parte de la paleta cromática, pero evidentemente ocurrió y yo no fui notificado.
Después aparecieron el crudo, el nude, el arena, el tostado, el terracota y uno que juraría que era beige y que tampoco era beige.
Las mujeres conocen los mismos colores que nosotros, con la diferencia de que ellas saben el domicilio de cada uno. Para un hombre hay rojo, azul, amarillo, verde, marrón, blanco y negro. Después vienen algunos que aprendimos por necesidad: celeste, gris, naranja. Y a partir de ahí empezamos a improvisar. Si algo está entre el blanco y el marrón, es beige. Puede discutirlo Pantone si quiere.
Gra entró al probador con varias prendas y yo quedé afuera con su cartera.
Nadie te pregunta si querés sostener la cartera. En determinado instante aparece en tu mano y no sabés cómo llegó ahí.
También tenía una campera y dos perchas con prendas cuya situación comercial desconocía, porque no sabía si las íbamos a comprar, si ya habían sido descartadas o si yo estaba ejerciendo de perchero.
Había otro hombre cerca, sentado en un banquito diminuto, mirando el teléfono, con tres bolsas entre las piernas y una expresión que reconocí enseguida.
Nos miramos y nos dijimos todo sin abrir la boca.
Gra salió.
—¿Qué te parece?
Levanté la vista.
—Muy lindo.
—Mirá bien.
Y miré bien.
No sé exactamente qué significa mirar bien una blusa, pero lo hice. Entrecerré un poco los ojos, incliné la cabeza y hasta di un paso hacia atrás para ganar perspectiva.
—Sí. Te queda bien.
—¿No me hace muy ancha?
Volví a mirar, esta vez con más responsabilidad.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Mejor que la otra?
Ahí apareció un problema.
Yo sabía que había existido otra. La recordaba vagamente. Pero si en ese momento la policía hubiera puesto cinco blusas sobre una mesa y me hubiera pedido identificarla, hoy estaría preso.
—Sí —dije.
Gra me miró.
—No te acordás de la otra.
Treinta y tantos años juntos, y no hay dónde esconderse.
—Más o menos.
Volvió al probador y el hombre del banquito levantó la vista del teléfono.
—A mí me pasa lo mismo.
Habíamos establecido contacto.
A partir de ahí fuimos compañeros.
Su mujer salió con un pantalón.
—¿Cómo me queda?
El hombre guardó el teléfono.
—Bien.
Ella se miró al espejo.
—¿No me hace mucha cadera?
Él me miró.
Yo miré para otro lado.
Hay códigos.
Un rato después volvió a salir Gra.
—¿Esta o la beige?
Esta vez estaba preparado. Miré las dos, pensé, comparé, intenté recordar todo lo aprendido durante la última hora.
—La beige.
Gra hizo una pausa.
—¿La beige beige o la otra?
Había dos.
El hombre del banquito bajó la cabeza para disimular.
Traidor.
Finalmente Gra eligió algunas cosas. No sé cuáles, porque mi función consistía ya en asentir cuando correspondía y evitar opiniones cromáticas.
Pensé que habíamos terminado.
Hasta sentí la pequeña alegría del hombre que ve la caja registradora a pocos metros.
Entonces Gra dijo:
—Igual quiero mirar en otro lado.
La miré.
—¿Otro lado?
—Sí, para comparar.
Comparar.
Habíamos estado una hora eligiendo. Hubo prendas descartadas, hubo finalistas, hubo pruebas, hubo deliberaciones. Yo había sido convocado como asesor externo y otro hombre había caído en cumplimiento del deber sobre un banquito.
Y ahora todo aquello era apenas una instancia preliminar.
Salimos, caminamos unos metros y entramos a otro negocio.
Gra empezó a mirar percheros y yo me quedé cerca de la puerta, porque ya conocía el procedimiento.
A los pocos minutos levantó una blusa desde el fondo del local.
—Raúl.
—¿Qué?
—¿Te gusta?
Era verde.
Pero no dije nada.
La experiencia también sirve para algo.


