Nadye
Desde ese mirador natural, las copas de los árboles parecían una enorme alfombra verde de diferentes tonalidades que cubría la superficie irregular del campo.
Jorge sudaba mientras seguía ascendiendo. Se detuvo junto a un árbol caído. Su tronco acostado había sido cortado en pedazos para ser utilizados como leña. Se quedó observándolo, recordando las pláticas de su profesor de secundaria que narraba el estrés por el que pasaban los árboles que por alguna razón perdían su tronco, y cómo las nuevas ramas crecerían más débiles y vulnerables.
Se sentó para recargarse en el tronco. Levantó el rostro y pudo notar el hueco abierto que dejaron las ramas al caer.
Así se sentía, por el hueco que quedó en la familia con el fallecimiento de su madre. Se la llevó la enfermedad, poco a poco, así como se llevaron la leña.
“Los árboles también luchan entre ellos por la luz solar, por los recursos para sobrevivir”, les había dicho su maestro. Ahora les correspondía a él y su hermana ayudar a su padre para seguir adelante, reconfigurar sus roles, luchar.
En realidad Jorge no sabía por qué estaba ahí. Simplemente no podía procesar todo en tan poco tiempo. Era asfixiante.
Primero escuchó a lo lejos una risa tímida, era de una mujer, quizá una mujer joven.
Caminó instintivamente, con cautela hasta que vio a una chica jugando con un conejo blanco. Ambos corrían persiguiéndose sin ninguna secuencia o regla, solo corrían y ella reía.
—¡Hola! Ven a jugar con nosotros —dijo la chica al ver de reojo a Jorge. —Después corrió hacia él.
El conejito se detuvo y después se alejó tímidamente.
—¡Adiós conejito! —Le gritó mientras sacudía su mano.
Jorge se quedó en silencio, viendo su pelo rubio juguetear con el viento. Su blusa blanca y vestido amarillo entonaban bien con el ambiente jovial que se respiraba en ese lugar.
—¡Déjame te muestro algo! —Le dijo agarrándolo de la chamarra para jalarlo bruscamente hacia la colina.
Jorge se dejó llevar y en poco tiempo su respiración comenzó a agitarse, sintiendo como si el viento fresco estuviera oxigenando su alma.
—¡Mira! Don José lo construyó para mí. Es nuevo —dijo al agarrar una cuerda que colgaba de la parte alta de un árbol inclinado sobre el inicio de la bajada. Agarró la cuerda, ascendió un poco para después impulsarse colgada alrededor del árbol gritando emocionada.
Le tocó el turno a Jorge. Agarró la cuerda fuertemente al impulsarse. Al sentir sus pies flotando y el vértigo del vacío frente a él presionó el lazo con mayor fuerza, sintiendo alivio al ver cómo se aproximaba al suelo cubierto de pasto silvestre.
Su ritmo cardiaco aún estaba acelerado cuando sintió el jalón de la chamarra guiándolo a otro juego campestre.
Esta vez escalaron a un árbol. Se trataba de dos cuerdas paralelas una sobre otra, de forma vertical atadas a dos árboles en cada extremo.
La chica comenzó a caminar sobre una cuerda mientras se sujetaba de la otra cuerda a la altura de su pecho, del que surgían gritos de emoción.
Jorge no quería hacerlo, se veía peligroso, pero se vio a sí mismo agarrar la cuerda para comenzar a caminar.
El miedo evolucionó a terror.
Al llegar a ese cerro, Jorge había fantaseado con renunciar, con buscar un barranco y dejarse ir. Terminar con todo. Ahora sentía sus manos humedecer la cuerda mientras avanzaba temeroso a caer.
Logró atravesar ese obstáculo y abrazó el tronco del árbol con una vehemencia solo similar al regazo materno al ser consolado durante la infancia.
—¡Apúrate! —Le gritó la chica para guiarlo a otra cuerda y a otra más, cada vez descendiendo un poco del cerro, hasta llegar a un río hermoso, cuyo fluido armónico del agua fue relajando su pulso sanguíneo y sus emociones.
Jorge se detuvo, sofocado. Se quitó la chamarra y la ató a la cintura.
—Tienes un corazón en la espalda —dijo la chica sonriendo.
—¿Cómo?
—El sudor en tu espalda formó un corazón en tu playera.
—¿Y cómo te llamas? —Preguntó Jorge tímidamente.
—Nadye; con “y” en vez de “i”.
—¿Nadye? Nadie se llama así —afirmó viéndola a los ojos café claro.
—Pues así es como me llaman todos por aquí. Me quieren mucho, y yo a ellos.
—¿Eres de aquí?
—Lo soy. Lo he sido desde hace mucho tiempo.
—¿Pero naciste aquí?
—No. Pero me encanta este lugar. La gente es linda —un murmullo comenzó a escucharse. —Bueno, me tengo que ir. Me dio mucho gusto conocerte Choquecito —dijo sacudiendo su mano como lo hizo al despedirse del conejito blanco. Tu mamá te manda muchos saludos. Dice que los quiere muchísimo y que tiene confianza de que saldrán adelante.
Jorge se quedó congelado al verla alejarse hacia la parte trasera de un árbol rodeado de un matorral.
Cuando era muy pequeño su padre le decía Choque en vez de Jorge. Solo su madre le decía Choquecito.
El murmullo no dejaba de crecer. Un grupo pequeño de personas llegaron con cuerdas y flores. Se sorprendieron al verlo, tenso, con lágrimas en el rostro.
—¡Oh! Muchacho, ya la conociste —dijo don José acercándose a él con la cuerda colgada en su hombro. —No te preocupes. Es normal. A todos nosotros nos ha pasado.
A pesar de estar en shock, Jorge logró ver que en el tronco del árbol tenía calado el nombre NADYE y abajo estaba un ramo de flores silvestres que comenzaban a marchitarse.
—Ven, sígueme —dijo poniendo su mano izquierda sobre el hombro del muchacho.
Caminaron unos pasos hacia el río.
—Ves ese lugar donde se atoran las ramas —dijo señalando al otro lado del río. —Ahí estaba su falda amarilla. —Avanzaron unos pasos más por la orilla. —Aquí encontraron su cuerpo.
Las lágrimas de Jorge algún día se reunirían con ese río, del mismo modo que ese lugar se había entrelazado con su alma.
Don José abrazó a Jorge para que se desahogara.
—A todos nos dio un mensaje de alguien especial. Un mensaje breve, pero que cambió nuestras vidas. Por eso venimos a dejarle flores y le ponemos juegos en los árboles para que los disfrute y siga transmitiendo los mensajes. Nos ayuda mucho, y es adorable. Parece increíble que alguien que ha muerto, llene de vida este lugar.
Jorge se separó del abrazo y estiró sus manos para agarrar la cuerda que don José llevaba en el hombro.
—Yo pondré la siguiente —dijo, limpiando sus lágrimas con el dorso de la mano.


