La escarcha de la madrugada todavía blanqueaba las sombras que proyectaban los aleros cuando Archie echó a andar por la calle principal. A esa hora el caserío apenas despertaba: un gallo viejo cantaba con desgana desde un corral de adobes, el humo azulado de las primeras chimeneas se estiraba perezoso hacia el cielo y el frío de la noche anterior se resistía a morir en las esquinas. Al pasar frente a las cuadras, un caballo golpeó las tablas del box con un casco inquieto.
Archie subió los dos peldaños de la oficina del sheriff sin apresurarse y empujó la puerta maciza.
Adentro, la cafetera de estaño gorgoteaba sobre una estufa de hierro colado, llenando el cuarto con un aroma espeso a achicoria quemada y tabaco negro. Holt Jackson estaba sentado tras el escritorio, repasando con el ceño fruncido una orden judicial arrugada. Tenía una taza humeante junto al codo y no alzó la vista al oír rechinar las tablas bajo las botas de su visitante; se limitó a señalar con la barbilla la silla desvencijada que ocupaba el rincón de las visitas.
Archie no se sentó. Se detuvo en mitad de la estancia, con los pulgares enganchados en la canana.
—Me quedaré un tiempo —dijo.
Holt levantó la cabeza despacio. En sus ojos pardos, cargados de arrugas y ojeras viejas, no hubo sorpresa ni alivio; solo la conformidad fría de quien ve encajar una pieza que ya daba por segura. Acomodó el papel sobre la mesa y soltó un gruñido bronco.
—Entonces ya vas tarde para empezar la jornada.
El sheriff abrió el cajón inferior del escritorio con un tirón seco que hizo protestar a las guías de madera. Rebuscó entre papeles viejos, cartuchos sueltos y trozos de cuerda hasta dar con lo que buscaba. Sacó el puño cerrado, lo sostuvo un segundo sobre el roble y abrió los dedos.
Una estrella de metal rodó sobre la madera con un tintineo apagado.
Era una pieza tosca, de latón barato, que había perdido el brillo hacía muchos veranos. Tenía las puntas redondeadas a fuerza de golpes y una raya profunda, casi un tajo de navaja, cruzándole el centro de parte a parte. Parecía haber pertenecido a tres hombres muertos antes de caer en ese cajón.
—No está juramentada por ningún juez de circuito —aclaró Holt con una mueca socarrona bajo el bigote—. Pero en este valle, mientras cabalgues a mi lado, basta para que no te cuelguen por cuatrero.
Archie alargó el brazo y recogió la placa. El metal estaba frío, pesado como un guijarro de río. Durante diez años su único trato con las estrellas de latón había sido a través del punto de mira de un revólver, midiéndolas desde los peñascos antes de vaciar las alforjas de una diligencia. Se la guardó en el bolsillo superior de la camisa de franela y abrochó el botón pequeño de nácar. No se la prendió en el pecho.
Holt vio el gesto, pero se guardó el comentario. Apoyó las palmas sobre la mesa, estiró los riñones con un crujido sordo y agarró su sombrero del perchero de cuerna de ciervo.
—Vamos a que te vean el pelo.
Desataron las cabalgaduras frente a la caseta. Archie comprobó la cincha de su caballo negro con un tirón seco de la correa, asegurándose de que la manta no hiciera arrugas sobre la cruz, y montó de un salto limpio. Holt subió a su bayo con la lentitud pesada de sus cincuenta años, acomodando el Winchester en la funda de la montura antes de soltar las riendas.
Echaron a andar al paso por el centro de la calle.
El sol empezaba a castigar los techos de pino y la modorra matinal se quebró a su paso. Frente a la tienda de abarrotes, un mozo que acarreaba un saco de maíz se quedó petrificado en la rampa, con la carga a medio hombro, mirándolos con la boca abierta. En la herrería, el golpe del martillo sobre el yunque cesó en seco; el herrero se asomó a la cancela enjugándose la frente con el mandil de cuero, midiendo con ojos desconfiados al forastero que ayer mató a tres hombres y hoy cabalgaba al costado del alguacil. Dos mujeres con delantales de percal cruzaron hacia el callejón de la iglesia sin apartar los ojos de la funda baja de Archie, susurrando entre dientes como si vieran desfilar a una víbora enjaulada.
Nadie saludó. El pueblo no sabía si felicitarse por la muerte de Floyd o temblar ante el nuevo verdugo que Holt se había traído a casa.
Un correteo ligero quebró la procesión silenciosa.
Desde el callejón que bordeaba las cuadras salió Jesús Artieda a zancadas vivas, emparejando el trote de sus pantalones gigantescos con el paso sordo del caballo negro. Con una sonrisa descarada iluminándole la cara tiznada, clavó sus ojos negros en Archie, pasando por alto la presencia de Holt.
—¿Ahora eres de la ley, forastero? —soltó el muchacho sin tomar aire.
Archie no aflojó las riendas ni miró hacia abajo; se limitó a rozar con los nudillos el bolsillo donde guardaba la estrella oculta.
—Algo así —respondió.
Jesús soltó una carcajada limpia que resonó en la calle desierta, satisfecho de saber que el hombre que le pagaba por arrastrar muertos seguía en el pueblo, y se fue quedando atrás en el polvo mientras las cabalgaduras enfilaban hacia el extremo sur, donde la calle moría frente a las puertas de la cantina.
En el porche alto, Verónica Obrador barría la entrada con una escoba de ramas secas, levantando una nube de polvo que el aire se encargaba de devolver a las tablas. Llevaba el mismo vestido escarlata de la víspera, desvaído por el sol, con los hombros desnudos tostados por el aire libre. Al oír el tintineo de las herraduras apoyó el palo de la escoba contra la cadera, ladeó la cabeza y clavó en Archie unos ojos cargados de una burla tan afilada como una navaja barbera.
—¿El nuevo sheriff del condado? —soltó con tono mordaz, viendo pasar las bestias a tres pasos de la balaustrada.
—Solo el ayudante —dijo Archie sin frenar la montura.
Verónica soltó una risa seca, desprovista de veneno, y sacudió la cabeza con desdén antes de volver a clavar la escoba en el suelo.
—Pobre diablo —murmuró entre dientes, ya a la espalda de los jinetes—. Para lo que te va a durar el cuero sano.
Ninguno de los dos volvió la vista. Dejaron atrás las últimas chozas de madera y el valle se abrió como una sábana amarilla e interminable. El camino se desvanecía en una huella de carretas que serpenteaba entre chollas espinosas y pedregales grises, hasta estrellarse contra las estribaciones rocosas de las sierras del oeste. El viento soplaba limpio, trayendo el olor amargo de la salvia salvaje y la piedra recalentada.
Cabalgaron media milla en silencio, sintiendo el crujido constante de los guijarros bajo las herraduras. Holt cabalgaba con el ala del sombrero gacha, escrutando las crestas lejanas con la cautela de quien sabe que los peñascos tienen ojos.
Al fin, el sheriff tiró de la cabezada y puso a su caballo al paso del de Archie.
—La gente de este valle cree que el problema eran Floyd y sus dos compinches —dijo Holt, con una gravedad sorda que no había usado dentro del pueblo—. Creen que con barrer la sangre de la cantina se acabaron los sustos. Son unos ilusos.
Archie miró el perfil del viejo y luego la línea escarpada de los cerros.
Holt escupió una hebra de tabaco hacia una mata de mezquite antes de soltar el nombre:
—Los Carniceros.
La tensión en la mandíbula de Holt le bastó a Archie para entender el calibre del asunto.
—Son una cuadrilla de desertores, renegados y despojos de las guerras del sur —prosiguió el sheriff—. Treinta hombres armados que no roban bancos ni paran trenes porque no les gusta la prisa. Bajan al valle cada dos meses, como si cobraran el diezmo en una parroquia. Se llevan diez terneros de cada rancho, dos mulas de las cuadras, harina de la tienda y la mitad del dinero de la cantina. Por eso los Torreblanca están armando a sus vaqueros: están hartos de pagar tributo y van a prenderle fuego al valle antes de soltar otra res. Y si alguien protesta, los Carniceros le queman el granero con la familia dentro.
Archie, que sabía lo que costaba sostener una comarca a punta de plomo, midió la distancia hasta las rocas.
—Un pueblo entero puede parapetarse tras las tablas —dijo con frialdad—. Treinta hombres no son un regimiento.
Holt soltó un bufido amargo.
—Hace dos primaveras lo intentaron. Se juntaron doce colonos con escopetas de foguear perdices y se atrincheraron detrás de las carretas en mitad de la calle principal. Creían que esto era una novela de pastores.
El sheriff hizo una pausa larga, mirando al vacío con una mueca sombría.
—Los Carniceros entraron a galope tendido. Ni siquiera desmontaron. Los barrieron a tiros de Winchester en cinco minutos; degollaron a los heridos en mitad del polvo y colgaron al alcalde del poste del telégrafo durante tres días para que las urracas le comieran la nariz. Desde entonces, el pueblo abre las cajas fuertes cada vez que oye un galope en el camino. Pagan y agachan la cabeza para conservar el pellejo.
Archie clavó los ojos en los farallones del horizonte. Las gargantas de piedra se retorcían en sombras profundas, formando un laberinto de cañones y grietas donde una compañía entera de caballería podía perderse para siempre.
—Si sabes cuándo bajan —dijo Archie—, los pasos son estrechos. Se les espera arriba.
Holt Jackson lo miró de reojo, con una mezcla de cansancio infinito y realismo amargo.
—Son treinta fusiles contra dos, muchacho. Y porque en esas sierras hay mil zanjas para enterrar a un hombre y todavía no hay un cristiano vivo que sepa exactamente en cuál de todas ellas tienen montado el campamento.


