Autor: Ana Carolina Iriarte
Una tarde calurosa una joven se sienta al lado de un árbol. Todo está moviéndose a su alrededor; cada cosa lleva su ritmo ante tanta algarabía. Toma un vaso de agua fría.
A su lado la sombra de una persona se hace visible. El suelo y todo lo que estaba a su lado se oscurece; la joven suspira, el olor a canela y miel combina con el aroma de su alrededor.
—Hola, ¿puedo sentarme aquí? Es una tarde extraña, hoy hay más calor que otros días.
—Intenté caminar más pasos pero es sofocante bajo el sol inclemente. Ni el agua fría calma tanta agonía.
—Ni que lo digas, la sombra del árbol no ayuda; solo quería detenerme un poco.
—¿Tienes mucho camino por seguir?
—Hay muchos caminos para llegar al camino que voy, pero fue agradable encontrarte aquí; al igual que tú necesitaba recobrar fuerzas para continuar. ¿Y tú?
—Estuve mucho rato pensando si salir, pero deseaba tanto hacer algunas cosas que no pensé en cuánto tenía que pasar para lograrlo.
—Suele suceder, soy consciente de eso; por algo estamos bajo el mismo árbol.
—¿Toma, hay flores en el camino, quieres una?
—Gracias, espero que llegues bien a tu destino.
—Realmente estoy justo al frente; te vi desde la entrada y quise hablar contigo. Reconocí el mismo sentir. Al verte supe que también estabas cansada.
Al voltear a ver a la joven me di cuenta de que detrás de mí solo hay un pequeño lago; no había personas alrededor y la voz no era otra que la mía. Asustada, retrocedí lentamente; con cuidado traté de ver si alguien había notado mi diálogo interno, pues se sintió tan real como si alguien lo hubiera dicho. Mientras intentaba alejarme decidí dar un vistazo entre las pequeñas ondas que se hacían en el agua, para ver si la sombra de aquella voz se reflejaba… pero solo vi la mía.


