Llegaba a su fin el 3 de marzo de 1924. Hacía pocos minutos la Gran Asamblea Nacional de Turquía decretó la abolición definitiva del califato y el destierro inmediato del califa de toda su familia. El último califa otomano, Abdülmecid II, se le ocurrió escribir una carta pública pidiendo mayores fondos para sus deberes religiosos al gobierno de Ankara desatando ese huracán
El ambiente en el ala del palacio de Dolmabahçe se había vuelto irrespirable. Había sido necesario reducir el servicio en un 90% desde que Mehmed comenzó los recortes en 1921. Solo quedaban la Daye (nodriza del príncipe), una doncella solitaria, una cocinera y el kaya, el administrador.
La princesa Hatice soltó la mano del primogénito, que se puso a jugar con su caballo de madera, mientras ella, con el rostro desencajado y las manos temblorosas sobre su vientre hinchado, caminaba de un lado a otro hablando con el administrador:
—Raif, por favor… Mire el panorama de Turquía —suplicó con la voz quebrada por el pánico—. Las expulsiones son fulminantes, confiscan propiedades reales sin compensación y las calles son un hervidero de nacionalistas vigilando cada paso de nuestra familia. Tiene que convencer al príncipe de que deje esa locura del banco y asegure algo tangible. En estos tiempos de ruina, los nuestros suelen guardar el poco oro que les queda en cofres seguros o comprando parcelas de olivares en provincias neutrales o en el protectorado de Siria. ¡Hágale ver la realidad!
Raif Efendi intentó apaciguarla:
—Comprendo su terror, Alteza. Le juro que lo he intentado, pero debo darle la razón al príncipe: Porque las propiedades se pueden confiscar igual o mejor y los lingotes son el mejor reclamo para los ladrones con puesto de funcionario o sin él. Todas esas soluciones se han demostrado muy frágiles.
—¡¿Cómo frágiles?! —estalló la princesa, deteniéndose de golpe con los ojos de fuego y lágrimas—. ¡Hasta hace poco usted era el primero en alarmarse y ahora le da la razón! Y por si fuera poco… ¡daré a luz en un mes en medio de esta pesadilla! Pero lo que me aterra aún más es ver al príncipe tan despreocupado: me han comentado que se pasa las horas encerrado en el selamlık leyendo sobre destinos de vacaciones en Francia y hojeando folletos de pisos en la Costa Azul. ¿Cómo ha podido conseguir información de todo eso con la censura y el bloqueo?
—Pues como lo hace alguien de su rango y conexiones —respondió el administrador—: por contrabando. Con sus amigos de timba que frecuentan los círculos diplomáticos de Péra y los de comerciantes levantinos en el puerto.
—¡Está viviendo en una burbuja! Por favor, Raif, se lo ruego: exíjale que siente la cabeza y tome medidas en lugar de pensar en pisos de vacaciones.
Raif Efendi suspiró profundamente con impotencia y añadió en un arranque de sinceridad raro en él:
—Alteza imperial… Quisiera complacerla, pero no puedo hacer nada. Ni siquiera sé qué demonios hace exactamente en esa sucursal del Crédit Lyonnais ni cuánto dinero le queda allí. Con tanto secreto y tanto viaje, bien podría haber duplicado la fortuna… o quizá, por desgracia, lo ha perdido todo en alguna mala jugada y solo nos está vendiendo esa ilusión de mantener la cabeza fría cuando los demás la tenemos hirviendo.
Esa misma madrugada los peores temores de la princesa se vieron superados cuando los nudillos del gobernador Haydar Bey golpeando con furia la puerta principal de los aposentos de Abdülmecid II, califa de todos los creyentes. Los criados habían obedecido cuando él, el comisario de policía y todo un retén de soldados les ordenaron dejarlos entrar. El gobernador traía una copia del decreto de expulsión votado por la Asamblea Nacional de Ankara que no admitía réplica: la expulsión de todos los miembros de la dinastía otomana debía completarse entre 24 y 72 horas para los hombres y hasta diez días para las mujeres, menos el sultán y sus mujeres que en unas horas sería llevados a la retirada estación de Çatalca para salir de Turquía. El califa debían empaquetar lo imprescindible y abandonar todas sus joyas, telas y objetos de valor por ser considerados propiedad del estado turco. El gobernador le hizo firmar el recibo de entrega de las casi 2000 libras esterlinas indicándole que sus demás propiedades sería vendidas por el estado más tarde y se le remitiría el importe si realmente eran suyas. Les hizo entrega de unos pasaportes válidos por un año y siguió su ronda con los demás miembros de la familia imperial.
El propio Raif Efendi corrió al haremlik y avisó a la princesa Hatice Sultán para evitar que los funcionarios y gendarmes irrumpieran en la planta superior.
La princesa, consciente de su avanzado estado de gestación, trató de mantener la calma, pero no pudo evitar un pensamiento oscuro: corrían rumores sombríos sobre algunos príncipes, acosados por la ruina y el pánico, habían aprovechado el desconcierto para repudiar o abandonar a sus esposas e hijos. Aterrada por esa posibilidad, preguntó por su esposo, pero Mehmed estaba fuera, firmando el recibí de las 120 libras esterlinas para salir del país. El funcionario le dio el sobre a ella para no perder tiempo en recoger el recibo y seguir con el siguiente. Al abrirlo Hatice fue la primera vez en su vida que tuvo dinero en sus manos.
—¿Adónde iremos? —preguntó con angustia la princesa.
—A Niza —respondió él con una tranquilidad que la irritó y al mismo tiempo le transmitió seguridad—. Mi princesa, yo tengo que marcharme antes, si tú quieres venir yo tengo medios y tengo un plan.
Durante un instante todos los miedos y reproches que nunca le había dicho a su esposo en persona se convirtieron en un soplo de seguridad ante la respuesta tan tranquila y meditada.
Mientras la princesa corrió a ocultar todas sus joyas en forros de abrigos y chaquetas. El príncipe ordenó empaquetar lo justo pero tecnológicamente avanzado: sus instrumentos de precisión y delineado, mapas detallados de rutas europeas, sus carpetas de extractos bancarios internacionales cifrados y una pequeña radio portátil de tubos de vacío.
Un día antes de vencer el plazo que les dieron los funcionarios Hatice, el primogénito y el propio Mehmed cargaban el carruaje con las pocas maletas que él podía transportar en un carrito para equipajes.
Antes de cruzar por última vez las puertas de Dolmabahçe para tomar el Orient Express, el príncipe se detuvo ante Raif Efendi. Con los ojos serenos del que sabe que se van a decir las últimas mentiras, indicó:
—Cuida de todo, viejo amigo. Te quedas al frente. Confío en ti para vender discretamente las propiedades que dejamos, los muebles, los arcones y lo que reste del edificio, y hazme llegar cada centavo a Francia.
—Así se hará, Alteza. Confíe en que le haré llegar todo. Volveremos a vernos.
Şehzade Mehmed lo abrazó por última vez antes de subir al carruaje, albergando en su interior la convicción de que aquel «todo» era sinónimo de «nada» .
Apenas habían dado unos pasos fuera del carruaje entre el gentío de la estación de Sirkeci cuando un grito agudo, quebrado por la prisa, resonó a sus espaldas:
—¡Hatice!
Al girarse descubrieron a dos figuras abriéndose paso a la carrera, seguidas por dos gendarmes. Aunque su çarşaf de seda negro (la versión otomana del chador, compuesto por falda larga y capa/capucha que cubría cabeza y hombros) y sobre todo el peçe (un velo fino de rejilla o gasa oscura sobre el rostro) no permitía verle la cara, su voz era inequívocamente la de su prima, la princesa Fáthime, sofocada por arrastrar un baúl cual campesina llevando un saco de cereales. En ninguna de las dos corría sangre otomana —ambas eran hijas de dos hermanas de la nobleza georgiana, criadas juntas en los palacetes de Tiflis—, pero para el nuevo gobierno de Ankara era como si corriera, porque habían llegado a la corte muy jóvenes.
A su lado avanzaba con abrigo y dos grandes maletas su esposo de hacía apenas dos meses, el comandante Tarik: el oficial de caballería que con tanto valor rescató a Mehmed en Palestina.
Tarik paró para respirar antes de acortar los últimos metros.
—¿La llevas? —le preguntó casi en voz baja pese al gentío.
Mehmed señaló con la cabeza hacia su neceser.
—¿Y tú?
Tarik levantó un poco la maleta izquierda.
—Por si les da por mirar — indicó disimuladamente hacia los dos gendarmes el oficial de caballería—. Yo creo que deberíamos ir a París, porque allí van muchos de nuestros familiares… ¿Hacia dónde marcháis vosotros?
—A Niza.
—¿A la Costa Azul? —se sorprendió Tarik.
—Es la mejor opción. Beirut y Damasco están a tiro de piedra de Ankara, y París devorará lo poco que nos quede en unos meses. Niza tiene nuestro mismo clima, el coste de vida es asumible y está lleno de rusos y austrohúngaros caídos en desgracia. Allí no seremos más que otros dos extranjeros entre miles.
Fáthime, aún con el rostro empapado en sudor, apretó la manga de su esposo y con voz suplicante pidió:
—Tarik, por favor… No nos separemos de ellos.
El veterano tragó saliva y miró a Mehmed:
—¿Os importa si vamos con vosotros?
En esa fracción de segundo, dos emociones contradictorias sacudieron a Mehmed: por una parte, el alivio de no estar solo en el destierro y saber que su esposa tendría una buena compañera de penalidades en Fáthime; por otra, una punzada de temor al comprender que su trinchera económica —aquella cartera de valores que tanto le había costado levantar en secreto a base de empeños y subterfugio— quizá tuviese que compartirla de alguna manera.
Mehmed enderezó la espalda y le señaló con sobriedad la taquilla:
—Saquemos los billetes, Tarik.


