Capítulo 3: La Alcaldesa Llega a Casa

Reagan Chambers entró en su propia casa con la sensación de estar pisando territorio desconocido, algo que, después de veintitrés años como alcaldesa y de conocer cada adoquín de Willowbrook mejor que las líneas de su propia mano, no le sucedía casi nunca.

Lo primero que notó fue el olor: pavo asado, sí, pero mezclado con algo más, un aroma vagamente parecido al incienso que no recordaba haber comprado. Lo segundo fue el silencio. Un silencio extraño, cargado, muy distinto al bullicio cálido que solía recibirla cada Nochebuena.

—¿Hola? —dijo, dejando el abrigo en el perchero de la entrada, todavía con nieve derritiéndose sobre los hombros—. ¿Hay alguien vivo en esta casa o los secuestraron unos duendes muy silenciosos?

Barry apareció desde la cocina con una expresión que Reagan reconoció al instante: la misma que ponía cuando algo en el horno no iba según lo previsto. Sonreía demasiado, tenía los ojos ligeramente desorbitados y retorcía entre las manos un trapo de cocina.

—¡Cariño! Llegaste. Qué bien. Qué bien que llegaste.

—Barry, lo has dicho dos veces.

—¿Sí? No me había dado cuenta.

Se acercó y le dio un beso rápido, casi nervioso.

—¿Cómo estuvo el discurso?

—El reno mecánico se apagó a media frase, así que tuve que improvisar un chiste sobre la magia navideña que en realidad era pura desesperación disfrazada de carisma político. Pero funcionó. La gente se rió. Creo que hasta aplaudieron más que otros años.

—Eso es porque eres extraordinaria.

—Barry.

—¿Sí?

—¿Por qué hueles a incienso y por qué la casa está tan callada?

Antes de que Barry pudiera articular una respuesta que sonara medianamente tranquilizadora, un grito llegó desde el piso de arriba, seguido del sonido inconfundible de algo cayéndose —quizás un libro, quizás una lámpara, era difícil saberlo— y la voz de Nora, clara y firme, resonando por el pasillo:

—¡Elián, esa no es forma de doblar un cartel, lo vas a arrugar!

—¡Lo estoy doblando exactamente como me dijiste!

—¡No, lo estás doblando como tú quieres, que es diferente!

Reagan miró a Barry con las cejas levantadas. Él conocía perfectamente aquel gesto.

—Los chicos llegaron —dijo Barry, midiendo cuidadosamente las palabras—. Los tres. Ya están aquí.

—Eso lo supongo, Barry, dado que estoy escuchando una discusión sobre el doblado correcto de un cartel. ¿Qué cartel?

—No lo he visto todavía. Sasha lo trajo enrollado. Prefirió no mostrármelo hasta la cena. Dijo que era «para causar más impacto».

—Barry.

—¿Sí?

—¿Qué está pasando en mi casa?

Barry suspiró, se sentó en el primer escalón de la entrada y, por fin, dejó de intentar aparentar que todo estaba bajo control. Le contó todo: el coche eléctrico, la maleta llena de «materiales informativos», la mantequilla vegetal desplazando a las velas, la camiseta de Sasha y la presentación con diapositivas que Nora insistía en dar antes o después de la cena. Daba igual cuándo. La iba a dar.

Reagan escuchó con la misma expresión concentrada que reservaba para las sesiones más tensas del ayuntamiento. Sus concejales conocían bien aquella mirada. Significaba que estaba calculando todas las formas posibles en que una situación podía irse de las manos.

—Entonces —resumió cuando Barry terminó—, nuestros tres hijos han decidido, de manera coordinada, aunque tú insistes en que es casualidad…

—No dije que fuera casualidad. Dije que esperaba que lo fuera.

—…convertir la cena de Nochebuena en una especie de cumbre climática con pavo de fondo.

—Cuando lo dices así suena mucho peor.

—Barry, no hay forma de decirlo que suene mejor.

Desde arriba llegó otro grito, esta vez de Sasha, anunciando que necesitaba que alguien la ayudara a bajar «el atril», palabra que hizo que Reagan cerrara los ojos durante un instante.

—¿Un atril? —repitió—. ¿Trajeron un atril? ¿A la cena de Nochebuena?

—Al parecer venía plegado dentro del cartel.

Reagan lo miró durante unos segundos.

—Barry Barrett, llevamos veintiocho años casados y nunca, jamás, había venido nadie a esta casa con un atril.

—Bueno, hay una primera vez para todo, ¿no? —dijo Barry.

Su optimismo seguía intacto. Reagan no pudo evitar sonreír. Era exactamente esa cualidad la que la había enamorado de él hacía casi tres décadas, cuando ella era una concejala novata llena de ambiciones y él era el chico de la panadería que le regalaba el último cruasán del día «porque sí, porque te veo cansada y mereces algo bueno».

La sonrisa de Reagan se apagó apenas un instante antes de que volviera a hablar.

—Está bien.

Se puso de pie y se alisó la falda con gesto decidido.

—Vamos a hacer esto. Vamos a cenar en familia, vamos a escuchar lo que tengan que decir, sea con diapositivas, con atril o con fuegos artificiales, y vamos a intentar que nadie llore antes del postre. ¿Puedes con eso?

—Puedo con eso.

—¿Y el pavo?

—El pavo está perfecto. Es lo único en esta casa que está exactamente donde debería estar.

Subieron juntos las escaleras, tomados de la mano, hacia el ruido de discusiones sobre carteles mal doblados y atriles rebeldes, hacia sus tres hijos, cada uno convertido a su manera en activista de una causa noble y dispuesto a llevar sus métodos mucho más lejos de lo que sus padres esperaban.

Mientras subían, Reagan pensó, con una mezcla de cariño y resignación, que quizás no había sido tan mala idea aprender a improvisar discursos frente a renos mecánicos averiados.

Porque algo le decía que esa habilidad iba a serle muy, muy útil dentro de poco.