La estúpida filosofía de un niño de 12 años
Nos conocemos desde hace bastante tiempo con mi amigo. Desde niños nuestros padres son muy amigos y se dice que ellos eran los jóvenes más alocados de todo el pueblo. He escuchado miles de historias, algunas algo exageradas, como que mi papá peleó contra un toro a mano y le ganó con un solo gancho, o que el amigo de mi papá una vez vio un chita por las afueras del pueblo pero este no pudo cazarlo por falta de velocidad. No les creo, es imposible ganarle a un toro y aún más ganarle a un chita. Además me es imposible verlos de esa forma, ya que mi papá es calvo y tiene una enorme barriga, y su amigo está todo arrugado y tiene una tos de cigarrillo.
Aun así me gusta estar con mi amigo. Ambos tenemos 12 años pero somos diferentes. Él siempre hace lo que quiere y yo no. Si yo hiciera lo que quisiera, papá me castigaría por mucho, mucho tiempo. Por eso soy un buen niño y cuando salimos del colegio me voy directo a mi casa, como siempre. Mi amigo se llama Rafael, un nombre bien raro para mí , me recuerda a cierta serie animada, pero les aseguro que no se parece en nada. Él es un rebelde y sus papás parece que le dejan hacer todo lo que él quiera. Me muero de envidia porque él juega a la pelota, se llena de barro, ríe fuertemente y es algo torpe en algunas cosas, como todo lo que no sea deporte. Somos como el agua y el aceite pero aun así somos muy, muy amigos.
Siempre me quiere convencer de jugar. Normalmente lo rechazaría, pero hoy había sido un buen día porque saqué diez en matemáticas y sentí que me gané ser un poco rebelde. Además el papá de Rafael se parecía al mío, así que si no lo retaban a él seguro que a mí tampoco. Eso me decía a mi mismo. Sabía en mi interior que era estúpida esa filosofía, pero mi mente lo repetía tanto cada vez que me invitaban que llegó un punto en el que no me pareció tan estupida.
Jugué con Rafael esa tarde contra unos niños que nunca había visto. No soy mucho de salir porque mamá dice que es peligroso. El pasto invadía el aire con su aroma y la pelota manchada de barro al ser pateada ensuciaba mis zapatos, me daba igual,correr me hacía bien. Rafael le metía cuerpo a todos los que intentaban cubrirme, era el mejor defensor y goleador todo en uno. Al terminar de jugar nos fuimos caminando solos a casa. Él pasó su brazo por mi espalda y reía hablando de lo impresionado que estaba. Yo también reía y agregué:
—Tuve que hacer esto hace mucho. Al final yo tenía razón, si a ti no te castigan por hacerlo cada semana, a mí tampoco, jajaja.
Rafael se detuvo y me miró con una ceja levantada.
—Claro que me castigan, prácticamente toda las semanas. Por eso los fines me la paso en casa, incluso me quitan mis privilegios y todo, solo quedo en casa castigado.
Sentí que el mundo se frenaba. No entendía nada, si a él lo castigaban significaba que a mí también, y aun peor por lo que había hecho yo era un niño bueno. Miré a Rafael con ojos llorosos y le dije:
—¿Por qué no me lo dijiste? Eres un tonto, ¿por qué lo haces si te van a castigar?
Rafael me miró con compasión y dijo:
—Nada nos quita este momento, lo demás es como un simple papeleo. Eso sí, ponte una almohada allá abajo.
Allí comprendí que nuestra libertad no es más que el castigo que somos capaces de aguantar.
Maldito Rafael.


