El aire dentro de la oficina de la ley apestaba a ácido fénico, vinagre y sangre derramada sobre pino seco. La resolana de la media tarde entraba oblicua por los cristales sucios, cortando la penumbra del cuarto. Despojada de papeles y tinteros, la mesa de roble servía de camilla para Holt Jackson. Tenía la camisa de dril abierta hasta el vientre y el flanco derecho empapado de un lodo oscuro; cada bocanada de aire le arrancaba del pecho un silbido húmedo que le hacía temblar los labios descoloridos.

Archie Troy esperaba junto al marco de la puerta, con la espalda apoyada en la madera y el sombrero calado. No estorbaba. Dos vecinas escurrían paños en un cubo de zinc donde el agua ya había perdido la transparencia. A su lado, con las mangas del vestido enrolladas hasta los codos, Verónica Obrador apretaba una compresa gruesa contra el boquete de la bala. Tenía los antebrazos manchados de rojo y los labios apretados en una línea blanca para no quebrarse.

Una anciana de dedos nudosos sacó con unas pinzas largas un jirón de tela quemada del interior de la carne. Soltó el trapo en un cuenco con un chasquido metálico y se pasó el brazo por la frente.

—Salió limpio por el lomo —dijo la vieja—. No tocó tripa ni quebró hueso. Si la fiebre no lo pudre esta noche, el pellejo le aguanta.

Verónica aflojó apenas los hombros, cerrando los ojos un instante. Archie no se movió de la pared. Conocía bien esos diagnósticos de frontera: el plomo rompía la carne, pero el frío de la madrugada y la gangrena se cobraban el resto. Un hombre con un agujero en el costado no era un comisario; era un estorbo que apenas balbuceaba entre delirios.

Jackson abrió los ojos con un estertor. Trató de apoyar los talones en el borde de la mesa para enderezarse, pero el dolor le cortó el resuello y lo clavó de nuevo contra la tabla.

—Quédese quieto —le espetó la anciana, bajándole la cabeza con una mano firme—. Si se abre los puntos, se nos vacía aquí mismo.

—¿Dónde están? —consiguió soltar Jackson. Escupió una hebra de saliva teñida de sangre que le manchó la barba—. ¿Qué pasó afuera?

Archie dio dos pasos hacia el mueble.

—Los Carniceros se replegaron hacia el cañón. Ducker se llevó a los suyos cuando vio que el pueblo no caía a la primera descarga.

Jackson apretó los puños contra el tablero. Intentó empujar a Verónica para sentarse, pero el brazo izquierdo no le respondió y le cayó inerte sobre el estómago.

—Hay que trancar el camino… —musitó el viejo, con la voz ahogada en flema—. Van a volver. Hay que subir gente a los techos…

—Usted no va a subir a ninguna parte —le cortó Verónica, sosteniéndole la compresa con ambas manos—. Apenas puede hablar. Si se baja de esa tabla, no llega vivo a los escalones. Ya hizo bastante por hoy.

El comisario dejó caer la cabeza, mordiéndose la lengua en un gesto de rabia muda. El aire se le escapaba en silbidos cortos. Cerró los ojos, derrotado por su propio cuerpo.

Verónica soltó el fajo de paños limpios sobre el lebrillo. Se limpió las manos ensangrentadas en el delantal con movimientos lentos, como si de pronto le pesaran los brazos. Levantó la vista hacia Archie. En sus ojos ya no quedaba la tensión del vendaje; había un vacío distinto, una sombra fría que le tensaba las facciones.

Miró alrededor, buscando en los rincones de la habitación.

—¿Y Jesús? —preguntó.

Las dos mujeres detuvieron las manos sobre el cubo. La anciana dejó las pinzas sobre la mesa.

Archie sostuvo la mirada de la muchacha. Por un instante sintió una punzada seca en el estómago, la misma frialdad que había llevado pegada al espinazo durante años.

—Se lo llevaron —dijo Archie.

Verónica no gritó. Dio un paso atrás, tanteando la pared con la espalda, y se llevó las manos a la boca. Resbaló despacio hasta quedar sentada en el suelo de tierra, con las rodillas contra el pecho, sacudida por un temblor mudo que le estremecía la espalda.

Nadie se acercó. Jesús Artieda no tenía padre ni madre; era el huérfano de todos. El muchacho que traía leña a cambio de un plato de sopa en la cantina, el que soplaba el fuelle de la forja cuando arreciaba el trabajo y el que dormía en un jergón en la trastienda de Jackson. En ese valle, perder ganado o enterrar a un viejo a tiros era parte del trato; que los Carniceros se llevaran al único crío que el pueblo entero había sacado adelante era una afrenta que nadie sabía cómo nombrar.

Archie se ajustó la canana, miró la sombra inmóvil de Jackson sobre la mesa y empujó la puerta hacia la calle.

Afuera, la tarde se desangraba sobre los filos de la sierra. El polvo del tiroteo todavía flotaba bajo los aleros, mezclado con el hedor a azufre y las manchas de sangre fresca que atraían a las moscas sobre la grava.

Más de cincuenta personas se apretujaban frente a la cancela. Colonos con las caras tiznadas, peones con las camisas rotas y tenderos que sostenían viejas escopetas de caza sin saber bien dónde apuntar. El murmullo se cortó cuando las botas de Archie tocaron los tablones del porche.

El herrero dio un paso al frente. Todavía empuñaba una barra de hierro de la fragua, con los brazos manchados de carbón y los ojos inyectados en sangre.

—¡No podemos esperar aquí a que nos degüellen! —bramó hacia la multitud—. Ducker no vino a pedir granos; vino a cobrarse cuentas viejas. Hay que enganchar los tiros, cargar lo que quepa en las carretas y largarnos hacia el sur antes de que nos cierren los pasos.

—¡Hacia el sur hay cuarenta leguas de salitre pelado! —le gritó el comerciante desde el corro, aferrando su Winchester—. Con mujeres y viejos no hacemos diez millas antes de que sus jinetes nos alcancen. Nos van a quebrar en llano abierto. Y lo que dejamos atrás arderá hasta las cenizas.

El griterío volvió a encenderse. Unos querían atrancar las entradas con tablones de corral; otros hablaban de esconderse en las barrancas secas. Un colono viejo sugirió juntar la plata de las cajas del almacén para mandar un emisario con rescate por el muchacho Artieda.

—¡A ese demonio ya no se le compra con plata! —estalló el herrero, alzando la barra—. Ese chico come en mi mesa y duerme en mi pajar. ¡Ducker se lo llevó para escupirnos que ni a nuestros propios huérfanos podemos cuidar!

Archie permanecía recostado contra el poste del alero, con los brazos cruzados y el ala del sombrero tapándole la frente. No abría la boca. Conocía de memoria esa clase de pánico: hombres asustados discutiendo a gritos para tapar el ruido de su propio miedo, gastando la poca pólvora que tenían en reproches antes de que sonara el primer tiro.

El herrero se volvió hacia la oficina, buscando con la mirada la estrella de seis puntas.

—¿Dónde está Jackson? —gritó—. ¡Que salga el sheriff y nos diga qué diablos hacemos!

Nadie respondió.

El tendero bajó el cañón de su rifle hacia el polvo y sacudió la cabeza con un gesto amargo.

—Ya no tenemos sheriff. Jackson está reventado sobre la mesa de actas. Apenas le queda fuelle para respirar.

El silencio cayó sobre la calle como una piedra en un pozo. Sin la placa de Jackson, el pueblo se descubría desnudo: colonos sin armas y comerciantes sin autoridad en medio de una frontera donde la piedad no existía.

Lentamente, las cabezas comenzaron a girar hacia el tablado.

Miraron por encima de los escalones manchados de plomo y fueron a dar con el forastero que esperaba bajo la sombra del alero. Dos revólveres cruzados a las caderas, la canana terciada y las botas cubiertas del mismo barro reseco que pisaban los cuatreros. No era un vecino ni un colono; era un hombre templado en el mismo hierro que Neal Ducker.

El herrero aflojó los dedos sobre la barra. Se acercó dos pasos a la base del entarimado, levantando la vista con un rictus de rabia y desesperación.

—Tú conoces a esa gente —dijo el herrero, y la voz se le quebró al final—. Sabes cómo rastrean. Sabes lo que le van a hacer al muchacho en los cerros si no hacemos nada.

Archie bajó despacio la mirada.

Miró las caras pálidas de los peones, las manos torpes que aferraban las culatas y el llanto callado de Verónica que aún salía por la ventana abierta de la comisaría. Sabía con exactitud milimétrica lo que Ducker haría con un huérfano en las sierras. Gilbert Troy le había enseñado esa lección hacía veinte años, metiéndole un arma en la mano a fuerza de golpes para arrancarle cualquier rastro de decencia.

Si dejaban a Jesús allá arriba, el muchacho terminaría con la garganta abierta en una quebrada o convertido en una fiera como él.

Archie despegó la espalda de la madera y bajó el primer escalón del porche.

—El que quiera enganchar las mulas y escapar hacia el sur, hágalo antes de que se ponga el sol —dijo Archie. La voz le salió seca, sin aspavientos, cortando el aire de la calle—. Nadie va a cerrarle el paso. Pero sepan lo que hay afuera: cuarenta leguas de tierra muerta y doce jinetes con caballos descansados. No llegarán a la primera loma.

Los colonos no se movieron. Nadie pestañeó.

—Durante años pagaron grano y ganado pensando que la sumisión compraba la paz —siguió el forastero—. Hoy le dispararon a Jackson y se llevaron al chico que criaron entre todos. Ya no hay nada que pagar. Ducker vendrá al clarear el día a quemar lo que queda, seguro de que van a estar escondidos bajo las camas como conejos.

Dio otro paso hacia la grava.

—No podemos subir a la sierra a buscar a Jesús con el pueblo ardiendo a la espalda. Si quieren recuperar al muchacho, primero hay que quebrarles la tropa aquí. Vamos a volcar dos carros de carga en cuña frente a la herrería para cerrar el paso. Quiero a los mejores tiradores tendidos boca abajo en el techo de la botica, con sacos de arena, y toda la munición del almacén repartida sobre los mostradores. Yo me quedo en la calle, en el vértice del camino. Pero si se quedan, van a tirar cuando yo lo ordene. No quiero gritos ni dedos temblando en los martillos.

Clavó los ojos claros en el herrero y en los hombres de la primera fila.

—Ustedes deciden. O defienden sus casas esta noche para ir por el muchacho al alba, o dejan que la sierra se los trague a todos ahora mismo.

El herrero miró la barra de hierro que sostenía en la mano, apretó los dientes y dio media vuelta hacia la fragua.

—¡A las carretas! —gritó con un bramido que retumbó en los aleros—. ¡Traigan las cadenas de tiro y las palas del granero!