INT. COMEDOR - MAÑANA
La luz de la mañana entraba por la ventana y caía sobre la mesa de madera. Clark estaba sentado muy derecho frente a un vaso de matcha y un libro cerrado, mirando a un punto donde nadie más miraba. En algún lugar del departamento, un refrigerador zumbaba. Giró la cabeza despacio hacia el lente, como si apenas lo notara.
—¿Ya grabas? —preguntó Clark.
—Sí. Soy Cámara 2.
—Ah. ¿Y la uno?
—No está. Se le enfermó la esposa —respondió Cámara 2.
Clark frunció el ceño.
—¿Desde cuándo tiene esposa?
—Desde hace dos años.
—Qué raro. —Se recargó en la silla y cruzó los brazos—. Hace una semana, en el antro, me dijo que no tenía.
Hubo un silencio largo. El lente bajó un poco, como si la cámara también necesitara pensar.
—¿Estuviste en un antro con la Cámara 1? —preguntó Cámara 2.
—No dije eso.
—Lo acabas de decir.
—Dije que me lo dijo. Es distinto. —Suspiró sin quitarle los ojos al lente—. La uno me entendía.
—¿Qué harás hoy?
Clark tomó el vaso de matcha, lo olió con los ojos cerrados, como quien huele un vino caro, y lo dejó en la mesa con mucho cuidado.
—Lo normal. Leer literatura feminista, ya que mido 1.80, y beber matcha por las tardes —dijo Clark.
Se cortó la grabación. Al reanudarse, el vaso ya no estaba. El libro era otro, de portada brillante, y decía Padre Rico, Padre Pobre. Clark miraba la mesa, no al lente, y movía un pie por debajo.
—Lo normal. Leer un rato, algo pesado. Ya voy en la página tres.
—¿Desde cuándo? —preguntó Cámara 2.
—Marzo. —Levantó el libro como un trofeo, con el mentón en alto y la mirada perdida en algún punto del techo, como si ahí estuviera escrita una frase célebre—. Pero estos libros no se leen, se habitan.
Se quedó así un segundo de más, esperando que alguien lo aplaudiera. Nadie lo hizo. Un reloj de pared marcó un tic. Bajó el libro y se levantó, golpeándose la rodilla con la silla.
—¡Chin… chispas! —exclamó Clark.
—¿Dijiste otra cosa? —preguntó Cámara 2.
Clark lo miró sin parpadear, frotándose la rodilla.
—Dije chispas. Es una expresión de respeto.
Tomó su mochila de un jalón. El reloj marcaba las 9:40. Entraba a las 8. El libro se quedó sobre la mesa, con el separador exactamente donde estaba.
EXT. CALLE - MAÑANA
La calle ya estaba llena de ruido: bocinas, un camión de basura, alguien que vendía tamales por un altavoz. Clark caminaba rápido, con el cuello de la camisa bien planchado y la mirada de quien cree que lo observan. De vez en cuando acomodaba el paso para quedar en cuadro.
—¿Siempre llegas tarde? —preguntó Cámara 2.
—Llego cuando el día está listo para mí —respondió Clark.
Un auto se le cerró al cruzar y frenó con un chirrido. Clark levantó las manos.
—¡Pinche… pinacate! ¡Pinacate! —gritó, y se volteó rápido hacia el lente, ajustándose la mochila—. Es un insecto, ¿sí sabes?
—No dije nada.
—Qué bueno. Porque yo no digo groserías.
Una mujer pasó a su lado, con el cabello suelto y un café en la mano. Clark giró la cabeza y la siguió con la vista tres pasos, hasta que se dio cuenta de que el lente lo veía a él.
—¿Qué miras? —preguntó Cámara 2.
—La arquitectura.
—Ella no es un edificio.
Clark se detuvo en plena banqueta, apretó los labios y miró al cielo en busca de una respuesta.
—Todo es arquitectura si lo admiras con respeto —dijo al fin.
INT. OFICINA - MEDIODÍA
Era un edificio enorme: cuarenta pisos, tres elevadores y una recepción del tamaño de una cancha, con un piso tan pulido que reflejaba los zapatos de todos. Clark trabajaba en el piso 31, en un escritorio junto a una planta de plástico a la que nadie había regado jamás.
—¿Siempre fue tan grande? —preguntó Cámara 2.
Clark abrió los brazos, como si el edificio fuera suyo.
—Es un edificio de mucha ambición. Como yo.
—¿Cuántas personas trabajan aquí?
—No lo sé. Pero nos saludamos. A veces. Creo.
Pasó una compañera con un café. Clark sonrió, la saludó con dos dedos y la miró de arriba abajo con disimulo nulo. Cuando ella se alejó, bajó la vista y se encontró con el lente.
—Admiro mucho su trabajo —murmuró Clark.
—¿Qué parte? —preguntó Cámara 2.
—La que… hace.
—¿Qué hace?
—Cosas. Importantes.
Se acomodó la corbata y se inclinó hacia el lente, bajando la voz.
—Soy muy profesional, no te hagas malentendidos.
Le sostuvo la mirada al lente, entrecerró los ojos y levantó una ceja despacio.
—¿Estás bien? —preguntó Cámara 2.
—Es mi cara de profesional.
INT. COCINA DE LA OFICINA - TARDE
La cocina olía a café recalentado. El refrigerador era blanco y tenía una nota pegada: “No tomar lo que no es suyo. Gracias, Recursos Humanos”. Clark abrió la puerta, miró hacia atrás y sacó un yogurt con otro nombre escrito encima.
—Eso no es tuyo —dijo Cámara 2.
Clark se quedó quieto con el yogurt en la mano, sin voltear.
—Es de la empresa.
—Tiene el nombre de Marisol.
—Marisol trabaja en la empresa. Entonces es colectivo.
—¿Y si ella lo quería?
Clark cerró el refrigerador de un golpe, y la nota se despegó un poco. Se volteó hacia el lente, con el ceño fruncido.
—Si lo quería, ya lo habría comido —dijo Clark de manera intensa.
Lo abrió y lo probó, despacio. Se calmó un poco.
—Además, hace bien a la comunidad. Yo cuido mi salud y por tanto cuido al equipo. Hasta debería ser obligatorio.
—¿Qué debería ser obligatorio? —preguntó Cámara 2.
—Que yo lo coma.
INT. SALA DE JUNTAS - TARDE
Una mesa larga, ocho sillas y un proyector que no encendía. Afuera, el sol pegaba en los vidrios de los edificios vecinos. Clark ocupaba la cabecera, aunque no le tocaba. Cámara 2 estaba en una esquina, junto a la ventana.
—Clark, ¿tienes la propuesta para clientes nuevos? —preguntó un compañero.
Antes de responder, Clark echó un vistazo de reojo al lente, para comprobar que seguía ahí. Seguía.
—Claro —respondió Clark—. Estuve toda la noche trabajándola. Un seguro para mascotas.
Los compañeros asintieron, impresionados. Clark giró despacio hacia el lente, con una ceja levantada y media sonrisa, esperando su aplauso.
—Esa idea es mía —dijo Marisol desde el fondo—. Te la conté el martes en la cocina.
Clark miró directo al lente, sin parpadear, durante tres segundos. Alguien carraspeó.
—¿Toda la noche? —susurró Cámara 2.
Clark no contestó. Se inclinó hacia el lente y bajó la voz.
—Una idea es de quien la presenta, ¿verdad?
—No —respondió Cámara 2.
—Gracias.
Se enderezó y le sonrió a la mesa.
—Además, alguien se tomó mi yogurt —añadió Marisol.
Clark sacó el celular y se puso a revisarlo con mucha atención. La reunión siguió. Alguien habló de primas, alguien de deducibles, alguien más de un proyector que nunca encendió. Una silla rechinó. Alguien bostezó. Clark no levantó la vista.
Dos horas después, con la luz ya más baja en la ventana, se inclinó hacia el lente y susurró:
—Ya pasaron dos horas.
—Lo sé —susurró Cámara 2—. ¿A qué hora se acaba esto?
—Desde que puse a incubar mi huevo. Se abrió en Roblox.
—¿Tu huevo?
—Salió un Tralalero Tralala. Mítico. —Giró el celular hacia el lente, con los ojos brillantes y el mentón en alto, esperando aprobación—. ¿Tú sabes lo que cuesta eso?
—¿Estuviste jugando estas dos horas? —preguntó Cámara 2.
Clark bajó el celular despacio.
—Estuve presente. Que es distinto.
—¿Y pusiste atención a lo que dijeron?
—Claro. —Se acomodó el cuello de la camisa y miró hacia el techo, buscando algo—. Hablaron de… seguros.
—¿Qué más?
—Y de… primas.
—¿Qué dijeron de las primas?
Clark se quedó callado. Guardó el celular.
—Fue una reunión muy completa.
INT. PASILLO DE OFICINAS - TARDE
La imagen se movía un poco. Cámara 2 estaba afuera, pegado a la puerta entreabierta de la oficina de la jefa. No se veía a nadie, solo una línea de luz y las voces del otro lado, con el murmullo de teclados a lo lejos.
—Clark, ¿entregaste el reporte? —preguntó la jefa.
—Casi —respondió Clark.
—¿Casi?
—Está terminado. Falta enviarlo. Y revisarlo. Y escribirlo.
Hubo un silencio. La imagen se inclinó hacia abajo, nerviosa.
—Mi computadora se descompuso —explicó Clark—. Un virus. Muy agresivo. Cáncer de computadora, me dijo el de sistemas.
Cámara 2 giró despacio. Al fondo, entre los cubículos, estaba el escritorio de Clark. En la pantalla, Roblox seguía en marcha: un personaje en pleno juego de brainrots, farmeando monedas sin parar, mientras la barra de dinero subía sola.
—Entrégalo mañana —ordenó la jefa.
—Por supuesto. Yo siempre cumplo.
La puerta se abrió. Clark salió, se acomodó la corbata y se topó con el lente. Sonrió, orgulloso.
—Eso fue honestidad estratégica —dijo Clark.
INT. ELEVADOR - TARDE
Treinta y un pisos, y el elevador paró en todos. Cada vez que se abría la puerta, una campanita sonaba y nadie entraba. En el piso 20 entró Marisol. Se paró al fondo, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Clark clavó los ojos en los números, uno por uno.
—¿Quieres decirle algo? —preguntó Cámara 2.
—Estoy ocupado —susurró Clark.
Sacó el celular, con la pantalla negra, y se lo pegó a la oreja.
—Sí, licenciado. Por supuesto. Cuente conmigo.
—Tu celular está apagado —dijo Cámara 2.
Marisol exhaló por la nariz. Seguía mirando al frente.
—Alguien se tomó mi yogurt —dijo Marisol, con voz baja y tranquila—. Lo estaba guardando desde el lunes.
Clark bajó el celular despacio.
—Qué mal —dijo Clark—. La gente no tiene respeto.
—Pero ya sé qué voy a hacer —dijo Marisol—. La próxima vez le pongo laxante. Así nadie lo vuelve a tocar.
A Clark se le borró la sonrisa. Tragó saliva.
—Qué… creativa —dijo Clark, con la voz un tono más aguda.
Las puertas se abrieron en el piso 12. Marisol salió sin voltear.
Silencio. Clark giró despacio hacia el lente.
—Está mintiendo —dijo Clark.
Cámara 2 no respondió.
—¿Verdad?
Las puertas se cerraron.
EXT. CALLE - TARDE
El sol ya caía y las sombras de los edificios cruzaban la calle. Un hombre mayor, sentado en la banqueta con un vaso de plástico entre las manos, le pidió una moneda. Clark aceleró el paso y clavó la vista en el celular.
—Te pidió algo —dijo Cámara 2.
—No lo escuché —respondió Clark.
—Te dijo “joven”.
—Soy muy joven. Pero no lo escuché. No entendí su idioma.
—¿Qué idioma?
Clark miró a los lados y bajó la voz.
—El de los pobres.
—¿Qué dijiste?
Clark se quedó callado. Siguió caminando con la vista al frente y las orejas rojas.
—¿Tenías monedas? —insistió Cámara 2.
—Tengo principios, que es más valioso.
Dos pasos después, una cartera de cuero estaba tirada junto a un poste, medio cubierta por una hoja seca. Clark se detuvo. Miró a los lados. La levantó y se la guardó en el bolsillo en un solo movimiento, como quien ya lo había hecho antes.
—¿Qué fue eso? —preguntó Cámara 2.
—Nada. Una piedra.
—Era una cartera.
—Una piedra con forma de cartera.
INT. DEPARTAMENTO DE CLARK - NOCHE
El cuarto estaba a oscuras. Un poco de luz de la calle entraba por la persiana y dibujaba rayas en la pared. Clark yacía boca arriba. En el buró, la cartera, a la vista. Cámara 2 esperaba en silencio.
—¿Vas a regresar la cartera? —preguntó Cámara 2.
Clark no contestó. Miró el techo.
—¿Clark?
Cerró los ojos.
—¿La vas a regresar?
Silencio. Un largo suspiro.
—Bueno —dijo Clark al fin—. Quizá no soy tan inocente.
Hubo una pausa. Diez segundos. Afuera pasó un auto y su luz recorrió el techo. Clark dejó de sonreír, dejó de mirar al lente y dejó de acomodarse. Giró la cabeza hacia la cartera y la miró, sin decir nada, con la cara de alguien que por una vez no tenía nada que fingir.
—Pero tampoco soy malo. Cuido mi salud, trabajo, no hago daño a nadie. La gente es mala porque quiere. Yo, a veces, solo me equivoco.
—¿Y la cartera? —preguntó Cámara 2.
—La estoy cuidando.
Se acomodó en la almohada y sonrió.
—Soy buena persona.
—¿Y la cartera, Clark?
Clark giró la cabeza hacia el lente, medio cerró los ojos y se mordió apenas el labio inferior.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Cámara 2.
Clark no respondió. Se dio la vuelta, de espaldas al lente.
…
—Mímimimimi —murmuró.
—¿Está haciendo ruido de dormido? —se preguntó Cámara 2.
No hubo respuesta.
INT. DEPARTAMENTO DE CLARK - TARDE (al día siguiente)
Clark estaba sentado en una silla frente al lente, con la espalda recta y la camisa recién planchada. Detrás de él había una planta de plástico, la misma que estaba junto a su escritorio en la oficina.
—¿Podemos hacerte unas preguntas más personales? —preguntó Cámara 2.
—Por supuesto —respondió Clark—. Me encanta hablar de mí.
—¿Qué es lo que más valoras de tu persona?
—Mi humildad.
Silencio.
—¿No crees que eres un poco presumido?
—No. Soy consciente de mis virtudes.
—¿Y tus defectos?
Clark se acomodó en la silla.
—No me gusta hablar de cosas negativas.
—Entiendo.
—Además, no creo que tenga tantos.
Se cortó la grabación. Al reanudarse, Clark estaba de pie en la sala, con el celular pegado a la oreja y el estado de cuenta arrugado en la otra mano, rojo de la cara. La planta de plástico ya estaba tirada en el piso.
—¡No, usted no me entiende! —exclamó Clark—. Son cinco pesos. Cinco. Vi el recargo en mi tarjeta: “comisión por terminal”. ¿Qué terminal? ¿Quién la autorizó?
Hizo una pausa para escuchar y se volteó hacia el lente, ofendido.
—Me contestó una máquina. Una máquina, ¿tú crees? Cinco pesos y ni un humano que dé la cara.
—¿Qué te dijo la máquina? —preguntó Cámara 2.
—Que oprima uno para continuar. —Volvió al teléfono, más fuerte—. ¡No, No quiero oprimir uno! ¡Quiero hablar con alguien responsable!
—Tú le robaste un yogurt a Marisol —dijo Cámara 2.
Clark se quedó callado un segundo. Bajó el celular y lo tapó con la mano.
—Eso fue distinto. Era colectivo.
Volvió al teléfono.
—Sí, sigo aquí. Oprimí uno. ¿Y ahora?
Se cortó la grabación. Al reanudarse, Clark estaba otra vez sentado en la silla, con la camisa en su lugar y la espalda recta, como si nada hubiera pasado. Detrás de él, la planta seguía tirada.
—¿Tienes moral? —preguntó Cámara 2.
—Totalmente —respondió Clark, sin parpadear.
INT. COCINA DE LA OFICINA - TARDE (ese mismo día)
La imagen entró agitada, con un rebote de pasos y la respiración de Cámara 2 pegada al micrófono. Se asomó a un cubículo vacío, giró en una esquina y se detuvo al oír un zumbido.
—¿Clark? —susurró Cámara 2.
Se asomó por el marco de la cocina. Ahí estaba Clark, con la puerta del refrigerador abierta y la luz blanca en la cara. Adentro, en el estante de arriba, había dos yogures con el nombre de Marisol, uno junto al otro. Los miraba como quien revisa dos cables antes de cortar uno.
—Te estuve buscando.
—tuve una urgencia. —Clark no volteó—. De salud.
Tomó el de la izquierda, lo olió y lo volvió a dejar. Tomó el de la derecha, y lo mismo.
—¿Qué haces? —preguntó Cámara 2.
—Nada. Reviso la fecha de caducidad.
—Es el mismo producto.
—Hay lotes. —Se giró hacia el lente, bajando la voz—. Dime algo. Ayer, en el elevador, ¿ella dijo que le ponía laxante a un yogurt o a sus yogures?
—Dijo “lo”. “Así nadie lo vuelve a tocar”.
—“Lo”. —Clark asintió despacio, con la vista perdida—. Un yogurt.
—Sí.
—Pero hay dos.
—Sí.
—Entonces uno de los dos está limpio. —Levantó ambos a la altura de los ojos, como quien pesa una decisión—. ¿Cuál es el limpio?
—No lo sé.
—Tú estabas ahí.
—Yo solo grabé.
Clark soltó un suspiro largo. Puso los dos yogures en el estante, los acomodó con el nombre hacia el frente, y se quedó mirándolos un segundo más de lo necesario.
—Además, ella dijo “la próxima vez”. —Volvió a mirar al lente—. ¿La próxima vez es hoy?
Cámara 2 no respondió.
Clark cerró el refrigerador. Dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo, y volvió a abrirlo. Sacó uno.
—Es una cuestión de probabilidades —dijo, a nadie.
Se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta y salió sin voltear.


